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MAL DE PARKINSON  
Enero 2005  





La estimulación cerebral permite a pacientes con Parkinson llevar una vida normal

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El neurocirujano Fred Lenz con un paciente, durante la realización de un procedimiento.  
   

El banquero John Kellerman notó que era raro el temblor en su mano izquierda al acarrear una bolsa de víveres. Al principio, su esposa, enfermera profesional, no le dio importancia porque desapareció enseguida. Pero cuando el temblor reapareció comenzó a preocuparse.

A los 38 años, el Sr. Kellerman se encontró lidiando con el mal de Parkinson, navegando la ruta del Sinenet y otros fármacos, y luego viendo su gradual deterioro a medida que la enfermedad superaba la eficacia de los medicamentos.

Ocho años más tarde, el Sr. Kellerman había aprendido a encasillar su vida entre períodos de actividad, cada vez más cortos, y períodos de inhibición, en los que debía aguantar rigidez, lentitud o inmovilidad. Lo peor era que sus períodos de actividad eran interrumpidos con mayor frecuencia por los efectos secundarios de los fármacos: “La discinecia es terrible e impredecible,” comenta, refiriéndose a las constantes torsiones involuntarias típicas del mal de Parkinson —las cuales, en última instancia, aíslan de la sociedad los pacientes.

Fue así que el Sr. Kellerman ingresó a Hopkins como candidato para la estimulación cerebral profunda, una técnica recién aprobada por la Administración Estadounidense de Drogas y Alimentos (FDA) para reducir los temblores, lentitud y problemas de la marcha de este mal.
El Dr. Frederick Lenz, Ph.D., veterano de 196 de estas intervenciones, indica que la técnica va disminuyendo la necesidad de medicamentos en muchos pacientes.”Pueden funcionar con menos medicación, y uno o dos de ellos ya no la requieren.”

Para realizar la operación, el Dr. Lenz y su equipo trazan una vía de acceso al área apropiada en el cerebro del paciente para estimular el núcleo subtalámico. Localizar este núcleo requiere gran cuidado y precisión, y el paciente, despierto durante el procedimiento, juega un papel preponderante. Luego, después de  anestesiar al paciente, el Dr. Lenz introduce y fija un diminuto electrodo conectado a un neuroestimulador tan pequeño como un marcapaso, que implanta debajo de la clavícula.

“La estimulación bloquea la capacidad de reacción de los ganglios basales,” explica el especialista, “como si estuvieran lesionados.” Una vez que los pacientes se recuperan de la operación, los médicos pueden regular la frecuencia de estimulación, distribución y voltaje mediante telemetría.

En el caso del Sr. Kellerman, a quien se le colocó el implante en el núcleo subtalámico derecho, y en el izquierdo al año siguiente, la discinecia disminuyó considerablemente y su equilibrio y marcha mostraron gran mejoría. “Estaba literalmente sin poder moverme. Esta intervención ha marcado una gran diferencia en mi vida.” 

 
 
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